Wednesday, February 28, 2007

Los folklores microbusísticos… y sus finales infelices


En México realmente que la gente busca la forma de divertirse, o al menos, hacerse la vida menos pesada de lo que de por sí es, entre tener que trabajar mucho, recorrer largas y abarrotadas distancias, además de tener que comer mucha tortilla.
Hace ya unas semanas; hace ya casi un mes; hace ya algunos procesos de saneamientos de las heridas que dejó… salí tarde de la universidad y como todos los días –sea tarde o no-, abordé un microbús (que en Sonora decimos camión a lo que sea que se mueva y transporte masivamente gente; pero aquí no, es “micro”), y mejor que haberme ido en un taxi, en un carro particular o propio (cosa que aquí no tengo), fue elegir ese micro. Un antro del bulevar Kino o del centro de Hermosillo le quedaba chico. Era el ‘micro fiesta’. Con música tecno, adornos en neón y luz negra, ese micro de alguna numeración que no recuerdo era la prueba fehaciente de que el chilango busca cómo divertirse a cómo dé lugar. Tan pequeño como singular, el transporte con apariencia de litro de leche Yaqui iba en ritmo, el chofer tarareaba canciones tecno-dance, que remixeaban con ‘punchis punchis’ y a más de un pasajero hacía mover la patita, de esas veces que ni ellos mismos se dan cuenta.
Al sonreír, los viajeros cual antro del siglo XXI, dejaban ver sus dientes blancos convertidos en morado por el efecto de la luz negra. Varios detalles de calcomanías neón y blancas para resaltar. Al fondo de la unidad, el letrero obligatorio de tarifas cumplía su función, hecho con colores brillantes y con algunas variantes: “COVER $2.50, primeros 12 kilómetros, $3.00, 20 kilómetros”.
Aunque todos los microbuses y camiones tienen su peculiaridad, este llamó la atención por su folklore y ritmos musicales, como un DJ’ frustrado hubiese querido tener su antro, su música y sus decoraciones.
Caídos los minutos, entrada más la noche, el feliz chofer de la ruta se esmera en levantar su adrenalina y acelera; acelera su pulso, su canto y mete más gasolina a la unidad, tanto que a mitad de la ruta (en la calle Camino a Santa Fé) no avizora a una pequeña, juvenil y delgada fémina marihuana que se le cruza en el camino y sólo logra sacarle la vuelta para estrellarse en una pequeña barda. Con él, todos los pasajeros nos estrellamos también. Por fortuna, sólo heridos, entre ellos yo. Heridos por los golpes, encajamiento de tubos metálicos, pellizcotes, empujones, y también heridos y contusos del alma fiesteril, que se vio ahora, interrumpida.

*Se agrega mini video del micro
*Se agrega foto de una de mis heridas

Thursday, February 22, 2007

ESPERAR EL METROBUS

ES SIEMPRE ALGO NUEVO... MÁS SI ES CON KILOSS DE SUPER POR CARGAR

Tuesday, February 13, 2007

El hombre, ni tan único, ni tan irrepetible

¿Quién dijo que cada ser humano es no renovable, único e irrepetible? Cuando en realidad, todos somos una copia de nosotros mismos. Sin mayores variantes, sin mayores tapujos: caminamos en el mundo de los clones.
Hace poco escuchaba un comentario al respecto, en una conversación (ajena para variar) entre una pareja. La joven con un tono de encandilamiento y aguda cara de enamorada, decía a su pareja mientras le tomaba el rostro “eres único, en verdad, eres único”. De inmediato volteé para decir “cuánta falsedad” (bueno, en realidad sólo lo dije en voz interior).
Esa idea mundana y católica que se ha vendido sobre el ser humano como único e irrepetible entre las masas, los mundos y los tiempos, es otra de las tantas mentiras que alimentan la realidad exterior, referencias y montones de paja culturales con los que lo hacen crecer a uno.
En verdad, sólo se necesita lo mínimo de observación, capacidad de registro, clasificación mental y lógica para ver cómo diariamente nos topamos con copias de otras personas que ya hemos conocido antes, en otros espacios.
Tan sencillo como poner un ejemplo. En la clase de Taller de Ensayo que tomo en la Universidad Iberoamericana, el maestro que la conduce no es quien dice ser, un tal Luis Inclán. Desde que lo vi, y tras las primeras conversaciones pude caer en la cuenta que es Martín Barrón Félix, delegado de la Comisión Nacional del Agua en Sonora. Parte de su físico, las expresiones, su tono propio de hablar y confiabilidad en su interlocución lo delatan: es una copia a la que le han cambiado de nombre. Al igual podría mencionar miles de casos más, como Berenice Pardo, una compañera de clase quien en verdad es Paula Trespalacios, reportera del programa Entre Todos. Quizá en esta realidad le han cambiado el nombre, la profesión y le han dado un mejor cuerpo. Pero es ella, Paula. Su voz, singularidad al opinar, movimientos y hasta estilo de maquillaje la delatan. (Al igual se enumeran Alejandro Álvarez, quien es igual a mi amigo “Momo” de mi prepa; Lariza, otra compañera, es en realidad Beatriz, una amiga de mi mamá; o Priscila, la réplica en pequeño de la esposita del exdirector del periódico Cambio, Mauricio Capdevielle, y éste a su vez lo he encontrado en Pepe Buendía, director de la Fundación Prensa y Democracia, entre otros muchos más ejemplos).
Así se podría continuar con una lista de seres que se topan en el camino y a quiénes sólo hay que verlos con un poco de cuidado para encontrar el clon con el que se tuvo el gusto anteriormente.
De pronto, se avanza por la vida conociendo personas, y entre ellas se comienzan a delatar los rasgos, gustos, usos y costumbres de otros. Se distingue de inmediato. La incógnita que viene ahora, es saber cuál es el clon. Si a quien conocimos primero o al que vino después. Quizá ninguno de los dos (o tres o cuatro), o todos ellos. Lo más probable, es que todos son iguales en copia y piratería, (claro que estando en la Ciudad de México, se podría decir que los situados aquí son los “piratas”, dada la inexorable actividad que en todo, hasta en los libros, se desarrolla).
En este mundo de los clones, cada persona se clasifica según el rasgo más apropiado y distintivo. Puede ser el físico, la forma de hablar, de opinar o simplemente de escribir. Así de fácil.
Ahora, hay otras divisiones que son aún más representativas y en las que fácilmente se distingue la repetición de las personas (tal como si a Dios se le hubiera acabado demasiado pronto la inventiva). Por ejemplo, en los oficios, las personas son las mismas. Una azafata de avión no varía: siempre es delgada, fría, robotizada, alta, y con una sonrisa sobrepuesta al rostro. Así, uno sabe cómo se comportará, las respuestas que “amablemente” ésta dará, y la siempre igual despedida al bajar de los aviones. Los guardias y vigilantes de estacionamientos también son clones: siempre señores grandes, enojones, mandones, con ojos tristes y cara de aburrimiento. Las facciones pueden variar, pero el matiz y percepción que irradian es el mismo, y eso es lo más importante.
Ante este panorama es quizá abrumador, aunque irremediable, el pensar que a nosotros mismos también los otros nos han visto como copia de alguien más. Y taciturna conclusión pero así es.
Luego entonces, el reto consiste en darnos cuenta lo poco originales que somos, lo repetidos de nuestros pasos y andanzas, para buscar quizá la fórmula a manera de antídoto de encontrar una fuerte diferencia para no ser olvidados (o recordados mejor dicho), entre las masas de millones de seres que pueden ser copias exactas. Porque aunque llegue la muerte, arriben las desarticulaciones o se presenten las partidas, el otro siempre podrá vernos en las manos, ojos, boca de alguien más, y escucharnos entre las palabras, expresiones y tonos de voces de los demás entes humanos.
No será de sorprendernos entonces que al lugar que se vaya, por más lejano que sea, encontremos copias de nuestros antiguos círculos de amistad, trabajo o familia. La tía Susana en un metro de Boston, Massachussets; Carlos el vecino tembleque, en un asilo de Sonora; hasta el perro que aguarda en casa somnoliento, tiene sus dobles en la misma urbe, o en las distancias más apartadas.
Al igual, nosotros mismos. Mírate al espejo y encuentra en tu rostro la similitud de los otros. Siente tu caminar y opinión como una copia devastada ya entre tantas repeticiones. No eres único, ni yo tampoco. No eres irrepetible como te han hecho creer. Eres tú, una copia más entre las clasificaciones humanas y los millones de personajes virtuales que a diario se cruzan en la cotidianeidad, en la banqueta, en el restaurante, en los bares, en el microbús. Esos personajes irreales que un supuesto Dios los ha mandado a cubrir escenas de tu vida, circunstancias y hechos relevantes. Esos personajes que en realidad no existen mientras no los veas; que sólo cambian de máscara, nombre, nacionalidad o profesión cuando se necesitan poner de nuevo en tus días. Son reciclados al igual que tú. Y al igual que tú, ellos te podrán encontrar para siempre en cualquier persona extra, tan sencillo como la que esté mas al alcance de su contexto y circunstancia para exhibir que no eres tan especial, para ratificar que no eres ni único, ni irrepetible.

Thursday, February 01, 2007

Inolvidable Bardo


Él es Bardo -o así se dice apodar-, un comediante frustrado, artista sin éxito, y guía del Palacio de Bellas Artes carero y no muy aclamado. Al pagarle para que dé una explicación e historia del edificio y sus murales, no se desquita tanto ese valor de uso por el servicio, sino por las risas que puede generar tras escuchar sus 'bromas culturales' sin efectos, y sus recomendaciones destornilladas que da a los turistas. Y recuerden... inhalen y exhalen...

lo que nace del oseo ocio


Que me he dado cuenta que escribir poemas no es del todo funcional, ni redituable, ni grandioso, ni expectorante totalmente. Así que en esos devenires, decidí además escribir algo sobre estos días –en un nuevo blog- con la justificación de los huecos de tiempo actuales, y las numerosas anomalías que ahora (desde hace un mes) en mi alrededor se asoman diariamente, que son, los ambientes de esta la hasta hace poco ‘ciudad más grande del mundo’, Ciudad de México. A quien crea que no, pero sí, que al menos ver caminar a 20 millones de personas amontonadas en calles, carros, y parques son un pretexto perfecto para tirar unas cuantas líneas cargadas de asombro de aquél -más bien, aquella- que vino bajada del desierto de Sonora con petacas en manos para llegar a esta urbe tan mounstrosa como maravillosa. El otro blog aún está vivo por ahí, cascabeleando a la par que este su nuevo hermanito que parí un poco a destiempo.