¿Quién dijo que cada ser humano es no renovable, único e irrepetible? Cuando en realidad, todos somos una copia de nosotros mismos. Sin mayores variantes, sin mayores tapujos: caminamos en el mundo de los clones.
Hace poco escuchaba un comentario al respecto, en una conversación (ajena para variar) entre una pareja. La joven con un tono de encandilamiento y aguda cara de enamorada, decía a su pareja mientras le tomaba el rostro “eres único, en verdad, eres único”. De inmediato volteé para decir “cuánta falsedad” (bueno, en realidad sólo lo dije en voz interior).
Esa idea mundana y católica que se ha vendido sobre el ser humano como único e irrepetible entre las masas, los mundos y los tiempos, es otra de las tantas mentiras que alimentan la realidad exterior, referencias y montones de paja culturales con los que lo hacen crecer a uno.
En verdad, sólo se necesita lo mínimo de observación, capacidad de registro, clasificación mental y lógica para ver cómo diariamente nos topamos con copias de otras personas que ya hemos conocido antes, en otros espacios.
Tan sencillo como poner un ejemplo. En la clase de Taller de Ensayo que tomo en la Universidad Iberoamericana, el maestro que la conduce no es quien dice ser, un tal Luis Inclán. Desde que lo vi, y tras las primeras conversaciones pude caer en la cuenta que es Martín Barrón Félix, delegado de la Comisión Nacional del Agua en Sonora. Parte de su físico, las expresiones, su tono propio de hablar y confiabilidad en su interlocución lo delatan: es una copia a la que le han cambiado de nombre. Al igual podría mencionar miles de casos más, como Berenice Pardo, una compañera de clase quien en verdad es Paula Trespalacios, reportera del programa Entre Todos. Quizá en esta realidad le han cambiado el nombre, la profesión y le han dado un mejor cuerpo. Pero es ella, Paula. Su voz, singularidad al opinar, movimientos y hasta estilo de maquillaje la delatan. (Al igual se enumeran Alejandro Álvarez, quien es igual a mi amigo “Momo” de mi prepa; Lariza, otra compañera, es en realidad Beatriz, una amiga de mi mamá; o Priscila, la réplica en pequeño de la esposita del exdirector del periódico Cambio, Mauricio Capdevielle, y éste a su vez lo he encontrado en Pepe Buendía, director de la Fundación Prensa y Democracia, entre otros muchos más ejemplos).
Así se podría continuar con una lista de seres que se topan en el camino y a quiénes sólo hay que verlos con un poco de cuidado para encontrar el clon con el que se tuvo el gusto anteriormente.
De pronto, se avanza por la vida conociendo personas, y entre ellas se comienzan a delatar los rasgos, gustos, usos y costumbres de otros. Se distingue de inmediato. La incógnita que viene ahora, es saber cuál es el clon. Si a quien conocimos primero o al que vino después. Quizá ninguno de los dos (o tres o cuatro), o todos ellos. Lo más probable, es que todos son iguales en copia y piratería, (claro que estando en la Ciudad de México, se podría decir que los situados aquí son los “piratas”, dada la inexorable actividad que en todo, hasta en los libros, se desarrolla).
En este mundo de los clones, cada persona se clasifica según el rasgo más apropiado y distintivo. Puede ser el físico, la forma de hablar, de opinar o simplemente de escribir. Así de fácil.
Ahora, hay otras divisiones que son aún más representativas y en las que fácilmente se distingue la repetición de las personas (tal como si a Dios se le hubiera acabado demasiado pronto la inventiva). Por ejemplo, en los oficios, las personas son las mismas. Una azafata de avión no varía: siempre es delgada, fría, robotizada, alta, y con una sonrisa sobrepuesta al rostro. Así, uno sabe cómo se comportará, las respuestas que “amablemente” ésta dará, y la siempre igual despedida al bajar de los aviones. Los guardias y vigilantes de estacionamientos también son clones: siempre señores grandes, enojones, mandones, con ojos tristes y cara de aburrimiento. Las facciones pueden variar, pero el matiz y percepción que irradian es el mismo, y eso es lo más importante.
Ante este panorama es quizá abrumador, aunque irremediable, el pensar que a nosotros mismos también los otros nos han visto como copia de alguien más. Y taciturna conclusión pero así es.
Luego entonces, el reto consiste en darnos cuenta lo poco originales que somos, lo repetidos de nuestros pasos y andanzas, para buscar quizá la fórmula a manera de antídoto de encontrar una fuerte diferencia para no ser olvidados (o recordados mejor dicho), entre las masas de millones de seres que pueden ser copias exactas. Porque aunque llegue la muerte, arriben las desarticulaciones o se presenten las partidas, el otro siempre podrá vernos en las manos, ojos, boca de alguien más, y escucharnos entre las palabras, expresiones y tonos de voces de los demás entes humanos.
No será de sorprendernos entonces que al lugar que se vaya, por más lejano que sea, encontremos copias de nuestros antiguos círculos de amistad, trabajo o familia. La tía Susana en un metro de Boston, Massachussets; Carlos el vecino tembleque, en un asilo de Sonora; hasta el perro que aguarda en casa somnoliento, tiene sus dobles en la misma urbe, o en las distancias más apartadas.
Al igual, nosotros mismos. Mírate al espejo y encuentra en tu rostro la similitud de los otros. Siente tu caminar y opinión como una copia devastada ya entre tantas repeticiones. No eres único, ni yo tampoco. No eres irrepetible como te han hecho creer. Eres tú, una copia más entre las clasificaciones humanas y los millones de personajes virtuales que a diario se cruzan en la cotidianeidad, en la banqueta, en el restaurante, en los bares, en el microbús. Esos personajes irreales que un supuesto Dios los ha mandado a cubrir escenas de tu vida, circunstancias y hechos relevantes. Esos personajes que en realidad no existen mientras no los veas; que sólo cambian de máscara, nombre, nacionalidad o profesión cuando se necesitan poner de nuevo en tus días. Son reciclados al igual que tú. Y al igual que tú, ellos te podrán encontrar para siempre en cualquier persona extra, tan sencillo como la que esté mas al alcance de su contexto y circunstancia para exhibir que no eres tan especial, para ratificar que no eres ni único, ni irrepetible.
Tuesday, February 13, 2007
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2 comments:
Me gusto este escrito...
Estoy de acuerdo contigo que la iglesia ha dejado honda huella en nuestro imaginario.
Por eso me gusta la ciencia -pues entre otras aportaciones- ha desmitificado muchas creencias religiosas muy limitadas; y entre sus avances y premisas un tanto básicas podemos encontrar que: todos los seres humanos -promedio- nos parecemos, no sólo en lo físico al tener el mismo número de miembros sino también en la constitutción molecular, incluso en los procesos cerebrales y por tanto mentales (aunque haya diferencias según el género). Entonces, la naturaleza nos limita la variedad. Aunque si entramos en detalles, cada región ya le agrega características particulares a la constitución física. Pero aún así, entre ellos habrá parecidos.
Por otro lado la historia de la cultura nos ha enseñado a grandes rasgos que según regiones -y pareciera que cada vez hay menos fronteras- nuestros imaginarios y acciones tienden a tener mucho en común, por ejemplo: las formas de hablar, vestir, ocio... aunque aquí también hay límites impuestos por las ofertas de productos materiales y culturales a la que se puede tener acceso. En el caso de los puestos de trabajo o profesiones ya se "sabe" bque se espera de ellos y hacerlo al parecer garantiza el puesto: o eres mandón o mandas quneu no te guste.
Así que, es difícil ser único. Y que bueno, pues el parecido nos permite poner algo en común con los otros y establecer lazos...
Aunque me gusta pensar, que tenemos algunas particularidades que nos diferencian... por eso seguiré tus pasos: "capacidad de registro, clasificación mental y lógica para ver cómo diariamente nos topamos con" -en mi caso- gente que tiene alguna particularidad que no tiene otro que conozca...
;)
eyy gracias por el comentario, muy nutrido, muy intersante, wow
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