En México realmente que la gente busca la forma de divertirse, o al menos, hacerse la vida menos pesada de lo que de por sí es, entre tener que trabajar mucho, recorrer largas y abarrotadas distancias, además de tener que comer mucha tortilla.
Hace ya unas semanas; hace ya casi un mes; hace ya algunos procesos de saneamientos de las heridas que dejó… salí tarde de la universidad y como todos los días –sea tarde o no-, abordé un microbús (que en Sonora decimos camión a lo que sea que se mueva y transporte masivamente gente; pero aquí no, es “micro”), y mejor que haberme ido en un taxi, en un carro particular o propio (cosa que aquí no tengo), fue elegir ese micro. Un antro del bulevar Kino o del centro de Hermosillo le quedaba chico. Era el ‘micro fiesta’. Con música tecno, adornos en neón y luz negra, ese micro de alguna numeración que no recuerdo era la prueba fehaciente de que el chilango busca cómo divertirse a cómo dé lugar. Tan pequeño como singular, el transporte con apariencia de litro de leche Yaqui iba en ritmo, el chofer tarareaba canciones tecno-dance, que remixeaban con ‘punchis punchis’ y a más de un pasajero hacía mover la patita, de esas veces que ni ellos mismos se dan cuenta.
Al sonreír, los viajeros cual antro del siglo XXI, dejaban ver sus dientes blancos convertidos en morado por el efecto de la luz negra. Varios detalles de calcomanías neón y blancas para resaltar. Al fondo de la unidad, el letrero obligatorio de tarifas cumplía su función, hecho con colores brillantes y con algunas variantes: “COVER $2.50, primeros 12 kilómetros, $3.00, 20 kilómetros”.
Aunque todos los microbuses y camiones tienen su peculiaridad, este llamó la atención por su folklore y ritmos musicales, como un DJ’ frustrado hubiese querido tener su antro, su música y sus decoraciones.
Caídos los minutos, entrada más la noche, el feliz chofer de la ruta se esmera en levantar su adrenalina y acelera; acelera su pulso, su canto y mete más gasolina a la unidad, tanto que a mitad de la ruta (en la calle Camino a Santa Fé) no avizora a una pequeña, juvenil y delgada fémina marihuana que se le cruza en el camino y sólo logra sacarle la vuelta para estrellarse en una pequeña barda. Con él, todos los pasajeros nos estrellamos también. Por fortuna, sólo heridos, entre ellos yo. Heridos por los golpes, encajamiento de tubos metálicos, pellizcotes, empujones, y también heridos y contusos del alma fiesteril, que se vio ahora, interrumpida.
*Se agrega mini video del micro
*Se agrega foto de una de mis heridas
Hace ya unas semanas; hace ya casi un mes; hace ya algunos procesos de saneamientos de las heridas que dejó… salí tarde de la universidad y como todos los días –sea tarde o no-, abordé un microbús (que en Sonora decimos camión a lo que sea que se mueva y transporte masivamente gente; pero aquí no, es “micro”), y mejor que haberme ido en un taxi, en un carro particular o propio (cosa que aquí no tengo), fue elegir ese micro. Un antro del bulevar Kino o del centro de Hermosillo le quedaba chico. Era el ‘micro fiesta’. Con música tecno, adornos en neón y luz negra, ese micro de alguna numeración que no recuerdo era la prueba fehaciente de que el chilango busca cómo divertirse a cómo dé lugar. Tan pequeño como singular, el transporte con apariencia de litro de leche Yaqui iba en ritmo, el chofer tarareaba canciones tecno-dance, que remixeaban con ‘punchis punchis’ y a más de un pasajero hacía mover la patita, de esas veces que ni ellos mismos se dan cuenta.
Al sonreír, los viajeros cual antro del siglo XXI, dejaban ver sus dientes blancos convertidos en morado por el efecto de la luz negra. Varios detalles de calcomanías neón y blancas para resaltar. Al fondo de la unidad, el letrero obligatorio de tarifas cumplía su función, hecho con colores brillantes y con algunas variantes: “COVER $2.50, primeros 12 kilómetros, $3.00, 20 kilómetros”.
Aunque todos los microbuses y camiones tienen su peculiaridad, este llamó la atención por su folklore y ritmos musicales, como un DJ’ frustrado hubiese querido tener su antro, su música y sus decoraciones.
Caídos los minutos, entrada más la noche, el feliz chofer de la ruta se esmera en levantar su adrenalina y acelera; acelera su pulso, su canto y mete más gasolina a la unidad, tanto que a mitad de la ruta (en la calle Camino a Santa Fé) no avizora a una pequeña, juvenil y delgada fémina marihuana que se le cruza en el camino y sólo logra sacarle la vuelta para estrellarse en una pequeña barda. Con él, todos los pasajeros nos estrellamos también. Por fortuna, sólo heridos, entre ellos yo. Heridos por los golpes, encajamiento de tubos metálicos, pellizcotes, empujones, y también heridos y contusos del alma fiesteril, que se vio ahora, interrumpida.
*Se agrega mini video del micro
*Se agrega foto de una de mis heridas

2 comments:
Estimada señorita Sandra. Oiga, está chida su cosa tecnológica esta, blog, o como se llame. Algunos dicen que los microbuseros --los pertenecientes a esta subespecie humana bien podrían ser juzgados por delitos de tortura-- son tan peligrosos como los hombres-bomba que aparecen de vez en vez en Irak o Palestina. Las historias de accidentados por viajar en microbús, y las de los asaltados, bien podrían motivar el surgimiento de un nuevo blog. ¿Por qué no arma su quinto espacio virtual con este tema? Bien podría llamarse "aventurasenmicrobus.blogspot.com". Pero si lo arma cuídese de no poner fotografías pornográficas --como la aquí expuesta-- porque podría ser censurada por la Liga de la Decencia. Saludos. Salvador
En la ciudad existen titipuchal de micros. Los hay tecno, otros más viva arrabal de Santa Lucía, unos charanga y de los menos, microbuseros pro Vaticano (ya que en la ruta del metro Normal, hay un microbusero que tiene más de papamovil que otra cosa).
En esa multiple existencia de micros, hubo uno que fue "El Temeroso". Eran las ocho de la noche, un día de 1997 (recuerdo vago), y ese pinche día se me ocurrió tomar el micro Temeroso. El vehículo, introducido por Hank Gonzàlez en el DF, transitaba por una calle del norte de la ciudad. Cruzamos una vía. Se paró. De pronto una punta de cabrones abordò el micro, pidió que soltaramos todo lo que traíamos. Pero fueron temerosos, ya que se advertía que eran asaltantes primerizos.
Yo me levanté levemente de mi asiento. En eso, mientras sacaba la "feria" (para tratar de hablar en su dialecto), el temeroso asaltante (chavito de unos 18 años o 20 màximo) me dice "Tú no...mijo". Salieron de volada del "autobus", pero realmente el saqueo de los usuarios de tan seguro transporte no había sido tan alto.
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