Thursday, March 29, 2007

De lazos afectivos vive el hombre: radiografía del caso mexicano

Conocer gente nueva, crear nuevas relaciones amistosas y hasta encontrar un nuevo romance es hasta ahora una posibilidad diaria en nuestra vida sobre todo si se cuenta con un elemento primordial: vivir en la Ciudad de México.
Esta mítica urbe, que reacomoda valores patrióticos, conglomera a 20 millones de cabezas y recuerda la esencia de lo que realmente significa nacer y vivir en este país, es la base perfecta para la creación de redes sociales y casi un ejemplo para el mundo entero.
En un lugar donde el ir y venir de los autos, hombres, mujeres y niños es como el vaivén del péndulo de un reloj en constante movimiento, nada menos se podría esperar de esa peculiar manera de establecer los lazos de convivencia y supervivencia entre toda la masa urbanística.
Hace poco, platicaba con un periodista argentino quien comentaba su sorpresa cuando tuvo el “placer” de conocer casi a fondo a la empresa Telmex. El ‘ché’ describía con un tono de hastío y turbación lo que le había pasado: “cada viernes voy a Teléfonos de México para ver cuándo me van a poner la red de internet, y siempre me dicen que el lunes… han pasado así dos meses”. “Lo que pasa es que no te han dicho qué lunes”, contestó un compañero.
Coincidimos pues, en esa forma peculiar del mexicano en crear redes de convivencia, ya que el argentino ahora conoce bien las instalaciones de Telmex, conoce al guardia, a los empleados, al que vende dulces y café, los saluda en cada visita y comentan un poco de sus vidas. “Cierto, ya los saludo y platicamos, parece una forma de hacer amigos aquí”.
Ese es un claro ejemplo de la singular manera mexicana de establecer las relaciones públicas.
Pero no sólo eso. El Distrito Federal tiene bases profundas para hacernos pensar y sostenernos en que es idílica para el estudio de un nuevo modelo moderno.
La hasta hace poco la ciudad más grande del mundo y uno de los lugares (después del país vecino del norte) donde se produce comida más engordativa, tiene una característica especial que hace crear lazos amistosos: es una urbe por naturaleza desordenada.
Con estos factores primordiales, vemos cómo hay verdaderas razones para argumentar que la Ciudad de México (entendiéndose como el corazón de todo el país) es una líder al menos en este rubro de las relaciones humanas.
Y es que, a parte de la ineficiencia de algunas empresas magnas y oficinas gubernamentales que provocan la creación de redes sociales como el caso del argentino; existen otros casos sencillos con una posibilidad profunda de su estudio.
Entre ellos, las relaciones humanas que se establecen en un día entre semana, a las denominadas horas pico. Los gritos, recordatorios a las madres, saludos con un dedo mayor de la mano, y caricias a otros automóviles por medio del ruido de un claxon desesperado, es un escenario típico de convivencia sana mexicana ¿o no? El desorden propio de las calles defeñas y el humor del centromexicano explotan por lo menos tres veces al día en todos los puntos de los más de mil 500 kilómetros cuadrados que abarcan la urbe donde se concentra el 23% de la población del país.
Así es como además otra cualidad de esta forma de convivencia urbana atrapada en el tráfico, es la posibilidad del individuo de poder hacer un saqueo extremo de energías y explotar su tensión al máximo… porque como se dice, todo lo que sube tiene que bajar, de modo que el aventar frases cordiales de palabras altisonantes a los demás conductores, y tronar casi el claxon como si así fueran a salirle alas al coche, tiene que desencadenar en algún momento al final de la travesía un descanso emocional (a veces innotable) a manera de un orgasmo después del estrés por haber atravesado el tráfico vehicular capitalino.
Por otra parte, los transeúntes también tienen la oportunidad de despertar su capacidad de relacionarse al caminar por cualquiera de las calles donde nunca encontrará silencio. Donde los vendedores que van desde ofertadores de tacos hasta rastrillos, nunca dejan espacio libre en la recepción de sonidos del cuerpo humano para no enaltecerse con revelar su presencia entre gritos de “¡cinco tacos por 10 pesos!” o “pásele ‘güerita’ ¿qué le damos?” (por alguna extraña razón, en el D.F. predominan las morenas pero los vendedores tienden a observarlas más claras de lo humanamente visible).
Y si esto es poco, la Ciudad de México también resulta una buena receta para aquellas personas que tienen su “bubble” demasiado grande, (entendiendo a este término, como la burbuja invisible que rodea al individuo y que no le permite tener un contacto físico con las demás personas por alguna condición cultural, emocional o genética). Para combatir este problema, sólo basta con transportarse algún día en metro, en las horas “pico” o en metrobús, sin dejar de lado las opciones de un microbús o cualquier otro transporte público. En tales circunstancias, la ‘bubble’ suele volverse inexistente después de que uno mismo puede cerciorarse de que el codo de alguien más está insertado en nuestro abdomen, mientras que la respiración de otro es el ventilador directo a nuestro rostro, al igual que las caderas de alguien son el sostén de las propias para no desfallecer en la inercia del parar y avanzar de la unidad… ¡Mera estrategia mexicana para acabar con los prejuicios de acercarnos a los otros y olvidar ese temor al contacto físico! ¡Singular e innovadora herramienta moderna de establecer vínculos con los otros!
Estos tres casos, muestran de forma clara algunas estrategias creadas por alguna mente superior mexicana para que nunca nos sintamos solos, olvidados o rechazados. Para que estemos en permanente interacción y constante encuentro con las caras de los demás que al igual que tú buscan sobrevivir, y al igual que tú encuentran en las distintas formas de vivir una oportunidad para estrechar las relaciones personales.
Estos son los ‘modus vivendus’ dentro de la forma de convivencia-supervivencia del defeño al menos del común, al menos del 70% que representa a la clase baja y media de la ciudad, que se ve en constante encuentro con el sistema de creación de redes de relaciones humanas.
Así, la forma de interrelación constante es la clave para sobrevivir en un espacio donde 20 millones de personas se conglomeran para luchar entre las caras desconocidas, y los sinsabores de conocer la soledad y la convivencia con un concepto distinto.
Así, es como la Ciudad de México resulta ser un anecdotario de situaciones, y la receta ideal para quienes teman a la vinculación personal con los demás, a la creación original e innovadora de redes sociales, y al reto diario y espeso de poder vivir y entender la esencia del hombre y del ser mexicano que habita creciendo hacia arriba en el corazón del país: la Ciudad de México.

Monday, March 12, 2007

quedó en un tropiezo

Envolviendo en un zigzag un poco de hierba verde le encontró la media noche ese día. Hacía frío y el contacto de sus posaderas con la banqueta helada le hacía resentir más el clima. Era común esa escena en su vida, de lo más simple, lo más fácil: esperar el día caminando, acostado o de rodillas en una acera, sobre el asfalto frío de la ciudad. Con un buen taco de marihuana fumada en el estómago, porque no le gustaba el cristal que inhalaban sus demás amigos; le provocaba nauseas hasta quedar vomitado.
Con los dedos temblando y la vista ya un poco oscurecida, le era difícil armar el porro. No era cosa sencilla después de pasar horas sin comer más que un pan y ni siquiera haber tomado un baño por lo menos en las últimas tres semanas. Tenía la cara negra de mugre, las uñas como plásticos oscuros sobre sus dedos que ya tenían capas de suciedad añeja. Los dientes inferiores extrañaban a los de arriba, que murieron en la última pelea con el Capucha, con quien resistió hasta el final cuando le regresó los 20 pesos que le había robado. Eso costó la dentadura, un billete azul plastificado.
Poco a poco se esmeraba en terminar de armar el cigarrillo de deliciosa mota que aguardaba para ser encendida e inhalada, fumada hasta sus más intensos recovecos. Nada era casual, la noche estaba armada para que terminara siempre igual: dormido en cualquier acera de Garibaldi, pisoteado por sus enemigos, olvidado entre la oscuridad, perdido y confundido entre el asfalto siempre despreciado por la mayoría, anhelado por él.
El porro estaba listo. Al probar el encendedor se quemó un cabello rebelde y largo que caía sobre su cara, esa cara que jamás reconocería a un rastrillo en caso de encontrarse algún día con él. La acción a seguir estaba lista, la sabía de memoria, la había repetido más de siete veces esa misma noche.
Tomó entre el pulgar e índice de la mano derecha el porro y lo vio antes de pegar la lumbre a él. Antes de iniciar, creyó ver en ese fuego encendido la cara de su madre que en mandil y con el cabello agarrado a chongo, le gritaba que se fuera a estudiar, que qué andaba haciendo en la calle. Había pasado mucho tiempo ya de eso, siete, diez años. Eran los días de los últimos en familia. La vieja con kilos de más, cabello negro, cara sin maquillar y gesto de desaprobación siempre le reclamaba, nunca lo entendía.
El pequeño cuarto compartido con sus cuatro hermanos en la vecindad de Tepito no era suficiente para sentirse cómodo y libre en su espacio. Los pesos que le daban para ir a la escuela no le permitían ir más allá de ella, y ni tampoco probar de las frituras que gozaban sus amigos en los recreos; no conocía los placeres, la comodidad, la confianza de decir que podía hacer lo que deseara en ese momento. Y la cara de su madre ahí siempre, tras la estufa preparando tacos de canasta que más tarde vendería en las calles, o al día siguiente. Y su padre siempre ausente, como una leyenda; había quiénes hablaban de él pero los datos eran confusos, nada parecía estar en su lugar.
Al iniciar ese fuego del encendedor siguió con su pausa para escuchar las sirenas de una ambulancia que a algunas cuadras pasaba, pensó que quizá iría alguien moribundo en ella, alguien que trató de suicidarse o que participó en una pelea por dinero o por droga. El ruido de las luces rojas y la unidad salvadora le recordaron la última vez que vio a su mamá y a su hermano, en una noche siete años atrás en que el olor a muerte y a chicharrón con tortilla se mezclaron. La calidez de un pequeño cuarto compartido por cuatro hijos se convirtió en una sopa de frialdad, de tragedia extrema. La luz de la luna parecida a aquél cuchillo filoso que su hermano enterró a su madre mientras que ésta por defenderse lo reviró. Y quedaron los dos, inexplicable e inesperadamente. Nunca oyó tan fuerte los latidos de un corazón que se silenció de súbito, el olor a sangre muerta, y la mirada de alguien clavada en la vida de él mientras el otro moría, se alejaba para buscar la eternidad.
Hacía más frío ahora y el porro aún no era encendido. Los ruidos del mariachi y los turistas contrastaban con el de su respiración profunda, asustada, y clavada en la necesidad de agotarse en su fuerza y terminar así con esa vida. Nada había quedado de esa miseria en familia, de la inocencia de su envida a los compañeros que comían frituras en el recreo. Todo era un cambio, su ropa era más sucia que nunca, la cara, el pelo, las manos, hasta su lengua. La limpieza y suciedad eran algo difícil de entender. Pero no sólo eso, las sonrisas también. Con el cigarro en la mano, pudo darse cuenta de que ni siquiera entendía ya el concepto de felicidad porque fue algo muy lejano en sus días. Sentía un fragmento de ella, la había escuchado mentar, pero no entendía a totalidad lo que significaba o lo que era probarla por un rato. Se preguntó si la marihuana le daba felicidad, si por eso la necesitaba, pero no encontró respuesta. Se preguntó si el estar con sus tres hermanos en un pequeño cuarto y ver llegar a mamá por las noches de pequeño era algo similar, pero prefirió callar. Nada era concreto, ni respirar en esa madrugada en la calle, ni buscar tener algún alimento disponible cuando cayera el sol. Fue entonces cuando decidió que no había más razones para seguir, ni por el porro que acababa de formar con tanta laboriosidad.
Se levantó de la fría banqueta, guardó el cigarro en el bolsillo y caminó sin rumbo, no reconoció en su desorientación si era el norte o el sur, al final no importaba. Volvió a ver, ahora en las luces de los carros nocturnos embriagados de fiesta, el rostro de su madre con vida. Ahora el mandil era un vestido de gala, el chongo un peinado de salón, y el gesto de desaprobación una sonrisa de ángel, protección y cariño. Caminaba con los pies descalzos, la planta gruesa de callos y suciedad, y los pantalones rotos. Veía el horizonte como la brisa de los ayeres y los ahoras, del dolor y el placer, de la incertidumbre y la certeza. La mugre en su cuerpo quería irse y hasta sintió dolor por ello; decidió ser otra persona, empezar otra vez, como de niño. Quizá ahora sin un cuarto aunque fuera pequeño para compartir, y sin el apoyo de una madre que le dijera qué hacer. Quiso cambiar, probar una oportunidad, sentir que la vida lo había castigado demasiado como para ahora merecer algo mejor. No sabía si era el viaje de la droga o su propia conciencia cansada lo que lo llevó a buscar la nueva vida, ahora sin dientes, sin dinero, casa, o educación, pero con las ganas de iniciar. Caminó hasta desfallecer, siguió sin un destino definido que no fuera el empezar de cero.
Se perdió en la madrugada, entre las nubes de la contaminación y los puentes de la ciudad; su conciencia arrancó de un tajo el ayer y el hoy para pensar en mañana; físicamente caminó hasta perderse, espiritualmente se perdió y entre los desperfectos de la ciudad y el descontrol de sus habitantes, quedó en los neumáticos de un automóvil rojo que no lo vio al pasar. Que no vio sus intenciones de salir y su optimismo de pensar que le esperaría una vida mejor. Los huesos no tronaron más que su mente que cansada y sorprendida se partió en mil pedazos antes de logar cambiar. Físicamente quedó destrozado. Espiritualmente, inexistente.

Tuesday, March 06, 2007