Envolviendo en un zigzag un poco de hierba verde le encontró la media noche ese día. Hacía frío y el contacto de sus posaderas con la banqueta helada le hacía resentir más el clima. Era común esa escena en su vida, de lo más simple, lo más fácil: esperar el día caminando, acostado o de rodillas en una acera, sobre el asfalto frío de la ciudad. Con un buen taco de marihuana fumada en el estómago, porque no le gustaba el cristal que inhalaban sus demás amigos; le provocaba nauseas hasta quedar vomitado.
Con los dedos temblando y la vista ya un poco oscurecida, le era difícil armar el porro. No era cosa sencilla después de pasar horas sin comer más que un pan y ni siquiera haber tomado un baño por lo menos en las últimas tres semanas. Tenía la cara negra de mugre, las uñas como plásticos oscuros sobre sus dedos que ya tenían capas de suciedad añeja. Los dientes inferiores extrañaban a los de arriba, que murieron en la última pelea con el Capucha, con quien resistió hasta el final cuando le regresó los 20 pesos que le había robado. Eso costó la dentadura, un billete azul plastificado.
Poco a poco se esmeraba en terminar de armar el cigarrillo de deliciosa mota que aguardaba para ser encendida e inhalada, fumada hasta sus más intensos recovecos. Nada era casual, la noche estaba armada para que terminara siempre igual: dormido en cualquier acera de Garibaldi, pisoteado por sus enemigos, olvidado entre la oscuridad, perdido y confundido entre el asfalto siempre despreciado por la mayoría, anhelado por él.
El porro estaba listo. Al probar el encendedor se quemó un cabello rebelde y largo que caía sobre su cara, esa cara que jamás reconocería a un rastrillo en caso de encontrarse algún día con él. La acción a seguir estaba lista, la sabía de memoria, la había repetido más de siete veces esa misma noche.
Tomó entre el pulgar e índice de la mano derecha el porro y lo vio antes de pegar la lumbre a él. Antes de iniciar, creyó ver en ese fuego encendido la cara de su madre que en mandil y con el cabello agarrado a chongo, le gritaba que se fuera a estudiar, que qué andaba haciendo en la calle. Había pasado mucho tiempo ya de eso, siete, diez años. Eran los días de los últimos en familia. La vieja con kilos de más, cabello negro, cara sin maquillar y gesto de desaprobación siempre le reclamaba, nunca lo entendía.
El pequeño cuarto compartido con sus cuatro hermanos en la vecindad de Tepito no era suficiente para sentirse cómodo y libre en su espacio. Los pesos que le daban para ir a la escuela no le permitían ir más allá de ella, y ni tampoco probar de las frituras que gozaban sus amigos en los recreos; no conocía los placeres, la comodidad, la confianza de decir que podía hacer lo que deseara en ese momento. Y la cara de su madre ahí siempre, tras la estufa preparando tacos de canasta que más tarde vendería en las calles, o al día siguiente. Y su padre siempre ausente, como una leyenda; había quiénes hablaban de él pero los datos eran confusos, nada parecía estar en su lugar.
Al iniciar ese fuego del encendedor siguió con su pausa para escuchar las sirenas de una ambulancia que a algunas cuadras pasaba, pensó que quizá iría alguien moribundo en ella, alguien que trató de suicidarse o que participó en una pelea por dinero o por droga. El ruido de las luces rojas y la unidad salvadora le recordaron la última vez que vio a su mamá y a su hermano, en una noche siete años atrás en que el olor a muerte y a chicharrón con tortilla se mezclaron. La calidez de un pequeño cuarto compartido por cuatro hijos se convirtió en una sopa de frialdad, de tragedia extrema. La luz de la luna parecida a aquél cuchillo filoso que su hermano enterró a su madre mientras que ésta por defenderse lo reviró. Y quedaron los dos, inexplicable e inesperadamente. Nunca oyó tan fuerte los latidos de un corazón que se silenció de súbito, el olor a sangre muerta, y la mirada de alguien clavada en la vida de él mientras el otro moría, se alejaba para buscar la eternidad.
Hacía más frío ahora y el porro aún no era encendido. Los ruidos del mariachi y los turistas contrastaban con el de su respiración profunda, asustada, y clavada en la necesidad de agotarse en su fuerza y terminar así con esa vida. Nada había quedado de esa miseria en familia, de la inocencia de su envida a los compañeros que comían frituras en el recreo. Todo era un cambio, su ropa era más sucia que nunca, la cara, el pelo, las manos, hasta su lengua. La limpieza y suciedad eran algo difícil de entender. Pero no sólo eso, las sonrisas también. Con el cigarro en la mano, pudo darse cuenta de que ni siquiera entendía ya el concepto de felicidad porque fue algo muy lejano en sus días. Sentía un fragmento de ella, la había escuchado mentar, pero no entendía a totalidad lo que significaba o lo que era probarla por un rato. Se preguntó si la marihuana le daba felicidad, si por eso la necesitaba, pero no encontró respuesta. Se preguntó si el estar con sus tres hermanos en un pequeño cuarto y ver llegar a mamá por las noches de pequeño era algo similar, pero prefirió callar. Nada era concreto, ni respirar en esa madrugada en la calle, ni buscar tener algún alimento disponible cuando cayera el sol. Fue entonces cuando decidió que no había más razones para seguir, ni por el porro que acababa de formar con tanta laboriosidad.
Se levantó de la fría banqueta, guardó el cigarro en el bolsillo y caminó sin rumbo, no reconoció en su desorientación si era el norte o el sur, al final no importaba. Volvió a ver, ahora en las luces de los carros nocturnos embriagados de fiesta, el rostro de su madre con vida. Ahora el mandil era un vestido de gala, el chongo un peinado de salón, y el gesto de desaprobación una sonrisa de ángel, protección y cariño. Caminaba con los pies descalzos, la planta gruesa de callos y suciedad, y los pantalones rotos. Veía el horizonte como la brisa de los ayeres y los ahoras, del dolor y el placer, de la incertidumbre y la certeza. La mugre en su cuerpo quería irse y hasta sintió dolor por ello; decidió ser otra persona, empezar otra vez, como de niño. Quizá ahora sin un cuarto aunque fuera pequeño para compartir, y sin el apoyo de una madre que le dijera qué hacer. Quiso cambiar, probar una oportunidad, sentir que la vida lo había castigado demasiado como para ahora merecer algo mejor. No sabía si era el viaje de la droga o su propia conciencia cansada lo que lo llevó a buscar la nueva vida, ahora sin dientes, sin dinero, casa, o educación, pero con las ganas de iniciar. Caminó hasta desfallecer, siguió sin un destino definido que no fuera el empezar de cero.
Se perdió en la madrugada, entre las nubes de la contaminación y los puentes de la ciudad; su conciencia arrancó de un tajo el ayer y el hoy para pensar en mañana; físicamente caminó hasta perderse, espiritualmente se perdió y entre los desperfectos de la ciudad y el descontrol de sus habitantes, quedó en los neumáticos de un automóvil rojo que no lo vio al pasar. Que no vio sus intenciones de salir y su optimismo de pensar que le esperaría una vida mejor. Los huesos no tronaron más que su mente que cansada y sorprendida se partió en mil pedazos antes de logar cambiar. Físicamente quedó destrozado. Espiritualmente, inexistente.
Monday, March 12, 2007
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9 comments:
Hola Sandra, me imagino que te la pasas super bien en el DeFectuoso y ojala que no te vayan a secuestrar jajaja rezaré por tí para que estes bien y todo fluya a la perfección. Son las primeras palabras de afecto que te escribo y digo jaja Cuidese y siga escribiendo que se nos está atrasando ... xiao! OmetzZ
vos fumaste maconha con él??
wow, con estos escritos y con tus poemas, no sé que haces en un curso de periodismo... ya estás hecha...
por cierto y avi como te recibió el defectuoso, vaya moretón que te dejó el dance-hall-micro...
espero que ya no tengas más experiencias amargas, uno se acostumbra a vivir en estas tierras...
saludos...
a poco aqui andas?
así es, estoy en el DF y voy a estar un ratito... de hecho yo soy oriundo de la Cd de Mx, pero me cansé de vivir en ella y me fui a provincia, pero he regresado un rato...
saludos...
que interesante... hasta cuando?
una duda.. quien es " xiao! OmetzZ"????
voy a estar hasta principios de mayo si todo sale bien...
¿y tú hasta cuándo te quedas por tierras aztecas?
saludos...
yo hasta junioo.! a ver si coincidimos
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